jueves, enero 26, 2012

Transiciones [Antonio Pamos]

Aquella mañana Amélie abrió la ventana sin mayor problema. Le sorprendió que el quicio no ofreciera resistencia.

Allí, ante la majestuosidad del Bosque Azul en los albores del verano cerró los ojos, tomó aire, apretó los puños y se dijo: ya nadie me quitará este momento.

Una leve brisa sacudía las hojas de los chopos que custodiaban su fortaleza, su casa. Los más cercanos se dejaban escuchar. Ahora, las ramas, tan vivas como Amélie, crepitaban con la misma fuerza que apenas unas semanas antes lo harían en cualquier chimenea mientras lo daban todo.

Sus ojos sellados entreveraban luces y sombras. Las primeras chispeaban en su retina y creaban formas caprichosas mientras las sombras las desvanecían para dar paso a nuevos bocetos.

De vez en cuando se olvidaba de respirar. Entonces exhalaba con fuerza el aire a poco de hospedarse en sus pulmones produciendo un suspiro que era placidez.

La suave corriente agitaba el cabello y entraba en un eterno ciclo de acariciar su frente, sus ojos, sus mejillas, sus orejas y perderse a su espalda para regresar de nuevo a la cara.

Ese pincel que era su pelo arrastraba las ascuas ya frías de aquellos fuegos que se creían eternos y que un día dejaron de calentar, dejaron de iluminar, dejaron de acompañar y se extinguieron.

Amélie vestía un pijama improvisado. Un anónimo dibujo infantil rompía la solemnidad inmaculada de su camiseta blanca. La proyectaba hacia el suelo un pantalón de cuadros grises y azules. Entre éste y la tarima solo sus pies, pequeños, desnudos, blancos.

No sabía cuánto tiempo llevaba así pero sí que querría mantener ese momento para siempre. Sin embargo, Amélie se movió. Se desperezaron las manos que flanqueaban sus caderas y se trasmutaron los puños insensibles en un deseo de tocar y acariciar.

Se apartó el pelo de la cara, cogió de nuevo aire que expulsó en un reincidente suspiro y se dispuso a darse la vuelta mientras se mordía el labio inferior con fuerza. Sus ojos se abrieron para recibirlo de nuevo.

El mundo seguía parado, nada existía más allá de su vista y él se lo repitió: ¿Te quieres casar conmigo?

Fotografía sacada de: www.arenglonseguido.net