Lorena arrastraba su pequeña maleta por la Avenida Gustav Adolfs buscando un taxi que la llevara al aeropuerto.
Finalmente, tuvo suerte y un taxi paró ante ella para dejar bajar a dos mujeres de cierta edad.
- God morgon. Till flygplatsen, var vänlig. – Dijo Lorena en un sueco que ella creía correcto.
- Usted es española, ¿verdad? – Le dijo el taxista con gran seguridad.
- Sí, ¿tan malo es mi sueco?
- No, tiene buen tono. Pero uno lleva ya muchos años aquí sentado y esto es como una universidad.
¿Qué le ha traído por Estocolmo? ¿Negocios?
- En parte sí. Creo que podemos llamarlo así.
¿Cuánto tardaremos en llegar? – Masculló Lorena con la intención de dejar claro a su conductor que no la apetecía hablar.
- Hoy aunque llueva no hay mucho tráfico. Calculo que una media hora.
A partir de ahí, se hizo un incómodo silencio en el coche. Tanto que el atrevido taxista optó por poner la radio.
- Por favor, ¿le importaría quitar la radio? Me duele la cabeza.
A Lorena no le dio tiempo a terminar la frase. En ese mismo instante rompió a llorar. Rápidamente buscó en su bolso un pañuelo que sacó enredado en sus gafas de sol. Hizo uso de ambos.
- ¡Vaya! ¿Puedo ayudarle en algo? – Se ofreció el taxista con un tono muy suave.
- No, gracias. Es que vengo de enterrar a mi padre y de abrir su testamento y ahora, camino del aeropuerto, me vienen a la cabeza cientos de recuerdos.
El padre de Lorena era sueco. Conoció a su madre a finales de los 60 en España, durante unas vacaciones.
Al enterarse de que la había dejado embarazada le ofreció reunirse con él en Estocolmo y empezar una vida juntos. Así lo hizo y Lorena nació en Suecia.
La madre de Lorena, ya fallecida también, no terminó de adaptarse a ese país, además de su incapacidad para comunicarse. Su frustración fue haciendo mella en la relación y acabó regresando a España a los dos años, con Lorena como único equipaje.
La relación de Lorena con su padre fue muy esporádica. Mientras ella era pequeña él se esforzaba por visitarla en Madrid al menos una vez al año. Después la propia Lorena hacia escapadas para verlo a él, pero nunca más de una o dos veces al año.
– ¿Está usted mejor? – Preguntó el taxista.
- Sí, sí. Es que me emociono al recordar a mis padres.
- Pues ya estamos casi llegando. ¿En qué compañía vuela?
- Iberia – Contestó Lorena.
Mire como voy bien de tiempo, ¿por qué no me hace una ruta turística desde el taxi? Yo le pagaré lo que marque el taxímetro.
- Como usted quiera. Pero si luego pierde el vuelo no será culpa mía.
Si le parece vamos a visitar la Catedral de San Nicolás y luego la vuelvo a traer al aeropuerto.
- Excelente. – Dijo Lorena guardando el pañuelo en el bolso.
La vida de Lorena no había sido fácil. Hija única con padre ausente en una época difícil en España. Su madre, sola, se esforzó por sacarla adelante a costa de su propio bienestar. Lorena cree que aquel sobreesfuerzo la mató y la dejó huérfana con 21 años.
Su padre, cuando se enteró le propuso que viviera con él en Estocolmo, pero ella tenía su vida hecha en Madrid y no accedió.
- Pues esta es la Catedral. Si le parece ya nos volvemos al aeropuerto. – Dijo el taxista.
- No, por favor. Lléveme a visitar otro monumento.
- ¿La ópera? ¿Le parece buena idea? – Propuso el taxista.
- Muy bien. Adelante.
Cuando murió su madre optó por ponerse a trabajar y dejar sus estudios de periodismo. Comenzó una relación con el que era su jefe que le doblaba en edad y acabaron casándose, previo divorcio de él.
De nuevo dos años de matrimonio. No hubo un tercero.
- Ya estamos en la ópera. ¿Volvemos? – Dijo el taxista con temor a escuchar una respuesta negativa.
- No, por favor. Uno más y regresamos al aeropuerto.
- ¿Palacio Real? – Propuso el taxista.
- Palacio Real. – afirmó Lorena.
Después de aquel matrimonio fallido Lorena tardó en rehacer su vida. Pero al final lo logró. Se casó con un chico de su misma edad con el que llevaba ya cinco años, sin hijos por acuerdo entre ambos.
Sin embargo, las cosas habían vuelto a torcerse. Lo que para ella empezó como sospecha se confirmó recientemente ante la evidencia de unos mensajes indiscretos en el móvil.
No le había dicho nada. Esperaba a su regreso de Estocolmo reprochárselo y dar por concluida la relación. Así que el panorama que se vislumbraba a su vuelta no era nada halagüeño.
- Palacio Real. – Dijo el taxista parado ante tamaño edificio.
- Palacio Real. – Aseveró ella casi sin mirar.
- ¿Otro sitio verdad? – Dijo el taxista.
- Sí, otro sitio.
Taxista y pasajera pasaron el día de un lugar a otro. En un momento dado él optó por parar el taxímetro y bajar a por algo de comida. Ella se mantuvo dentro del taxi durante horas.
Lorena perdió el avión. Fue al final del día cuando se atrevió a decirle a su ya amigo taxista:
- No estoy segura, pero creo que tengo el Síndrome de Estocolmo.
- Ya, me lo imaginaba. Se queda, ¿verdad?
- Sí, me quedo.
Fotografía sacada de: conferencia2011.agile-spain.org