
Proliferan en los últimos tiempos artículos y blogs sobre la intuición, la tolerancia a la ambigüedad, la lógica difusa (Fuzzy logic) y su relación con diferentes aspectos de la empresa. Los leo en publicaciones dedicadas tanto a profesionales de los RRHH como en otras genéricas de Management.
La tesis central de los mismos suele girar en torno a una idea central: hemos relegado todo esto a un segundo lugar entre los recursos disponibles y debemos devolverles al lugar que les corresponde como facultades humanas de primer orden de manera especial en los tiempos que corren. Mi aportación al tema en estas líneas incide en la misma tesis, pero desde un punto de vista distinto.
Me llama la atención, en efecto, el abuso que se hace de metáforas que tratan a las Organizaciones –y a los sistemas humanos que las componen- como máquinas. Estas metáforas, en mi opinión, comienzan a estorbar y a pedir su sustitución por otras más adecuadas. Las metáforas son instrumentos ópticos que nos ayudan a ver y entender la realidad pero muchas veces nos limitan a la hora de actuar en ella.
Es cierto que el ser humano en el trabajo o fuera de él puede verse como un sistema cibernético o una computadora; de esto no hay duda. Nos parecemos a ellos en mucho; por ejemplo en que sufrimos o nos paralizamos si no contamos con estándares y baremos suficientes (if… go to...) o en que necesitamos criterios “objetivos” que nos permitan clasificar y ordenar la realidad de forma automática (bueno, malo…). No en vano la “eficacia”, la “eficiencia”, la productividad, la “velocidad” o los “resultados” son valores y virtudes tanto para unos como para otros.
Lo grave de esta manera de concebir la Organización y en el fondo al ser humano, es que nos hace creer que la Organización igual que la máquina puede controlarse programándola, definiendo sus procesos, sus estándares y sus objetivos. Sólo con ello, pensamos, podemos exigir como contrapartida eficiencia y eficacia. Esta creencia -en parte cierta- tiene apenas un siglo de antigüedad y ya es hora que la cambiemos por otra más adecuada.
Lo que parece que se avizora en el horizonte, que está ya aquí como idea compartida (que es la cuna de las creencias) es que conviene seguir concibiendo a las organizaciones como máquinas si, pero como máquinas regidas por la lógica difusa. La idea de lógica difusa tiene sus inicios en Platón que propuso una tercera región entre verdadero y falso: lo incierto y ha evolucionado hasta planteamientos de lógicas basadas en infinitos valores.
Las Organizaciones son como decía alguien “Super hormigueros tecnificados” pero esta metáfora no deja de ser una sobresimplificación que nos sacamos de la manga con el único objetivo de combatir la sobrecomplejidad de todo lo que nos rodea.
La tesis central de los mismos suele girar en torno a una idea central: hemos relegado todo esto a un segundo lugar entre los recursos disponibles y debemos devolverles al lugar que les corresponde como facultades humanas de primer orden de manera especial en los tiempos que corren. Mi aportación al tema en estas líneas incide en la misma tesis, pero desde un punto de vista distinto.
Me llama la atención, en efecto, el abuso que se hace de metáforas que tratan a las Organizaciones –y a los sistemas humanos que las componen- como máquinas. Estas metáforas, en mi opinión, comienzan a estorbar y a pedir su sustitución por otras más adecuadas. Las metáforas son instrumentos ópticos que nos ayudan a ver y entender la realidad pero muchas veces nos limitan a la hora de actuar en ella.
Es cierto que el ser humano en el trabajo o fuera de él puede verse como un sistema cibernético o una computadora; de esto no hay duda. Nos parecemos a ellos en mucho; por ejemplo en que sufrimos o nos paralizamos si no contamos con estándares y baremos suficientes (if… go to...) o en que necesitamos criterios “objetivos” que nos permitan clasificar y ordenar la realidad de forma automática (bueno, malo…). No en vano la “eficacia”, la “eficiencia”, la productividad, la “velocidad” o los “resultados” son valores y virtudes tanto para unos como para otros.
Lo grave de esta manera de concebir la Organización y en el fondo al ser humano, es que nos hace creer que la Organización igual que la máquina puede controlarse programándola, definiendo sus procesos, sus estándares y sus objetivos. Sólo con ello, pensamos, podemos exigir como contrapartida eficiencia y eficacia. Esta creencia -en parte cierta- tiene apenas un siglo de antigüedad y ya es hora que la cambiemos por otra más adecuada.
Lo que parece que se avizora en el horizonte, que está ya aquí como idea compartida (que es la cuna de las creencias) es que conviene seguir concibiendo a las organizaciones como máquinas si, pero como máquinas regidas por la lógica difusa. La idea de lógica difusa tiene sus inicios en Platón que propuso una tercera región entre verdadero y falso: lo incierto y ha evolucionado hasta planteamientos de lógicas basadas en infinitos valores.
Las Organizaciones son como decía alguien “Super hormigueros tecnificados” pero esta metáfora no deja de ser una sobresimplificación que nos sacamos de la manga con el único objetivo de combatir la sobrecomplejidad de todo lo que nos rodea.
La fotografía es de blackswan-blog

















