
Siempre he querido escribir un libro sobre lo poco que sé del Management. Un libro fácil de leer, con capítulos cortos, basados en vivencias personales y profesionales. Hoy le toca a una de esas vivencias, los Tutti Frutti.
Como tercero de seis hermanos, cinco de ellos varones, a menudo nos tocaba heredar o dejar en herencia ropa, corriente abajo, hacia los más pequeños de la familia. Un día, cuando contaba yo alrededor de doce años, a mi madre se le ocurrió comprar media docena de unos calzoncillos tan horrorosos, esperpénticos diría yo, que llegamos incluso a bautizarlos como los Tutti Fruti. Deseando que no me tocaran, mi madre los repartió, a razón de dos para cada uno, entre los tres hermanos mayores. Saliendo de mi asombro inicial, y tras una profunda reflexión, llegué a la conclusión de que si yo aparecía por el gimnasio de la escuela con semejante indumentaria seguro que acabaría siendo el protagonista del tema de la semana.
Dispuesto a no estropear mi imagen personal tomé la firme decisión de no ponerme jamás esos calzoncillos que tanto shock me habían causado. Así pues decidí empezar a ver cómo trabajaba mi madre. Siempre apilaba, de manera muy ordenada, la ropa interior en los respectivos cajones. Tras mis pesquisas descubrí que mi madre, virtuosa ella, tenía como costumbre poner la ropa limpia en la base, y no encima, de la pila de cada uno para que el uso de cada pieza fuera homogéneo.
Pocos días después apareció en lo alto de la pila uno de aquellos horribles Tutti Frutti. Sólo imaginar el tipo de comentarios de mis compañeros en el gimnasio me hizo encoger el estómago. Así que la reacción fue inmediata, emular a mi madre y pasar el Tutti Frutti a la base de la pila aplazando el tan temido día. Tras el éxito logrado con semejante comportamiento, y sin ser pillado, fui repitiendo la misma táctica exitosa cada vez que aparecía en lo alto de la pila uno de aquellos horribles calzoncillos.
Acostumbrado ya a mi éxito sobre los Tutti Frutti, uno o dos años después, mi madre extendió frente a mí uno de esos horribles calzoncillos y me preguntó si me venían bien o se me habían quedado pequeños ya que veía que estaban prácticamente nuevos. Naturalmente acabé contándole que como se me habían quedado pequeños ya hacía tiempo que no me los ponía. Y ella, como toda buena madre, eliminó el problema de raíz traspasando a mi siguiente hermano mis Tutti Frutti.
Semejante vivencia siempre me ha servido para extrapolarla al mundo de las organizaciones e incluso al gobierno. La condición humana nos hace evitar aquello que nos supone esfuerzo o nos crea problemas. Muchos son los que en las organizaciones hacen cosas, no las que tocan, reduciendo su contribución y condicionando a su entorno. Hacer lo que toca es, a menudo, difícil. Exige un esfuerzo, supone un desgaste, perjudica a nuestra imagen...pero es lo que toca. Hacer lo que toca es asumir una responsabilidad. Y seguimos viendo como, en los días en que vivimos, en nuestras organizaciones, en nuestra sociedad, contamos con algunos gestores, que no lideres, que tocan lo que otros hacen y evitan hacer lo que toca. ¡Tutti Frutti!
Como tercero de seis hermanos, cinco de ellos varones, a menudo nos tocaba heredar o dejar en herencia ropa, corriente abajo, hacia los más pequeños de la familia. Un día, cuando contaba yo alrededor de doce años, a mi madre se le ocurrió comprar media docena de unos calzoncillos tan horrorosos, esperpénticos diría yo, que llegamos incluso a bautizarlos como los Tutti Fruti. Deseando que no me tocaran, mi madre los repartió, a razón de dos para cada uno, entre los tres hermanos mayores. Saliendo de mi asombro inicial, y tras una profunda reflexión, llegué a la conclusión de que si yo aparecía por el gimnasio de la escuela con semejante indumentaria seguro que acabaría siendo el protagonista del tema de la semana.
Dispuesto a no estropear mi imagen personal tomé la firme decisión de no ponerme jamás esos calzoncillos que tanto shock me habían causado. Así pues decidí empezar a ver cómo trabajaba mi madre. Siempre apilaba, de manera muy ordenada, la ropa interior en los respectivos cajones. Tras mis pesquisas descubrí que mi madre, virtuosa ella, tenía como costumbre poner la ropa limpia en la base, y no encima, de la pila de cada uno para que el uso de cada pieza fuera homogéneo.
Pocos días después apareció en lo alto de la pila uno de aquellos horribles Tutti Frutti. Sólo imaginar el tipo de comentarios de mis compañeros en el gimnasio me hizo encoger el estómago. Así que la reacción fue inmediata, emular a mi madre y pasar el Tutti Frutti a la base de la pila aplazando el tan temido día. Tras el éxito logrado con semejante comportamiento, y sin ser pillado, fui repitiendo la misma táctica exitosa cada vez que aparecía en lo alto de la pila uno de aquellos horribles calzoncillos.
Acostumbrado ya a mi éxito sobre los Tutti Frutti, uno o dos años después, mi madre extendió frente a mí uno de esos horribles calzoncillos y me preguntó si me venían bien o se me habían quedado pequeños ya que veía que estaban prácticamente nuevos. Naturalmente acabé contándole que como se me habían quedado pequeños ya hacía tiempo que no me los ponía. Y ella, como toda buena madre, eliminó el problema de raíz traspasando a mi siguiente hermano mis Tutti Frutti.
Semejante vivencia siempre me ha servido para extrapolarla al mundo de las organizaciones e incluso al gobierno. La condición humana nos hace evitar aquello que nos supone esfuerzo o nos crea problemas. Muchos son los que en las organizaciones hacen cosas, no las que tocan, reduciendo su contribución y condicionando a su entorno. Hacer lo que toca es, a menudo, difícil. Exige un esfuerzo, supone un desgaste, perjudica a nuestra imagen...pero es lo que toca. Hacer lo que toca es asumir una responsabilidad. Y seguimos viendo como, en los días en que vivimos, en nuestras organizaciones, en nuestra sociedad, contamos con algunos gestores, que no lideres, que tocan lo que otros hacen y evitan hacer lo que toca. ¡Tutti Frutti!
La foto es de franticstamper




















