jueves, junio 10, 2010

Decisiones volcánicas [Enrique de Mora]


Una directiva de una multinacional me contó recientemente su odisea viajera, a mediados de abril, por culpa de las cenizas del volcán islandés Ejyafjalla.

El día en que todo empezó, nuestra protagonista se encontraba en un hotel de Londres, preparándose para una reunión en las oficinas de su empresa matriz. En contra de su costumbre, puso la radio, donde escuchó la noticia de que un volcán islandés había entrado en erupción y estaba expulsando cenizas que podían suponer un riesgo para los vuelos cercanos. No mencionaron nada sobre posibles afectaciones al espacio aéreo británico, pero un sexto sentido le hizo llamar a su assistant, en Barcelona, para que le reservara una plaza en algún Eurostar del día siguiente, el tren que está por debajo del Canal de la Mancha, para poder salir de Londres por vía no aérea y llegar al continente, concretamente a París, desde dónde tomaría un vuelo hacia la capital catalana. Su assistant mostró cierta extrañeza –la alarma todavía no se había extendido – pero se puso manos a la obra. A los pocos minutos, la assistant llamó a su jefa para informarle de que no había plazas para el día siguiente. Finalmente, pudo reservar para dos días después.

Nuestra protagonista llegó a Paris ya sabiendo que era imposible volar desde la capital francesa hacia Barcelona, por lo que su nueva intención era viajar en tren. El destino quiso que ese día la SNCF, la RENFE francesa, estuviera en huelga. Ni corta ni perezosa, la directiva española se personó en varias agencias de alquiler de coches que prácticamente se rieron en su cara antes de comunicarle que no habría vehículos disponibles en una semana. La directiva quería llegar a Barcelona a más tardar la noche del día siguiente, día de su cumpleaños, para celebrar éste en familia y para no perder más días de trabajo. Le preguntó a una agencia rent-a-car si conocía a alguien que pudiera ejercer de taxista improvisado. Tras mucho insistir, logró que le presentaran a un señor mayor francés y a una pareja de hermanos africanos que se habían postulado a la agencia como chóferes para esos días. La edad provecta del candidato genuinamente galo le hizo decantarse por la pareja de africanos, que, además, le dieron a entender –en un francés precario- que, al ser dos, se podrían turnar en la conducción para que el trayecto, aproximadamente 1000 km, fuera más seguro. No había otra alternativa. No es que fuera plato de gusto hacer un trayecto tan largo con dos absolutos desconocidos que no eran chóferes profesionales pero las circunstancias obligaban. Los taxistas improvisados le indicaron que el precio sería de 1000 euros. La viajera aceptó y cuando estaban a punto de emprender ruta, aparecieron, cada uno por su lado, dos españoles más, otro catalán y un gallego, que le preguntaron si podían compartir vehículo y trayecto y, evidentemente, el coste. La directiva catalana aceptó. No les conocía de nada, pero eran dos compatriotas que probablemente le harían sentirse menos desamparada. Aunque algo en su cabeza le decía que si las circunstancias fueran otras difícilmente se embarcaría en un coche de Paris a Barcelona no ya con dos sino con cuatro absolutos desconocidos.

No obstante, esos temores empezaron a disiparse al constatar que los dos compañeros de viaje españoles eran gente muy agradable. Eso sí, también eran de fácil dormir porque a los pocos kilómetros de la capital francesa cayeron ambos en los brazos de Morfeo. Ella estaba cansada, muy cansada, pero le parecía que debía permanecer despierta por si cualquier cosa. Y porque no las tenía todas consigo respecto a las habilidades al volante de los dos hermanos: el coche se balanceaba más de la cuenta, como si la autopista se les hiciera pequeña... Aunque anochecía, la mujer no tardó demasiado en darse cuenta de que debía mantener a toda costa su estado de alerta. Le pareció advertir algún gesto de somnolencia en el conductor, que intentó contrarrestar dándole conversación, lo que, dicho sea de paso, le permitió descubrir que eran inmigrantes ilegales, detalle que no acabó de colmarla de tranquilidad. Empezó a arrepentirse de haberse embarcado en aquel viaje por carretera. Sus temores experimentaron un salto cualitativo cuando, a tan sólo 100 km de Paris -afortunadamente en dirección a Barcelona-, los dos africanos, uno al volante y otro, digamos, de copiloto le preguntaron si faltaba mucho para llegar… Y, para darle más emoción al tema, sin siquiera haber hecho un cambio de chófer, le indicaron ostensiblemente que necesitaban descansar y que se negaban a continuar… Éste fue el momento de mayor pánico –y no será porque la peripecia no arrastrara ya a esas alturas unos cuantos sobresaltos-. La única mujer de la expedición, muy preocupada, decidió despertar a codazos a sus compatriotas. Se celebró un cónclave de urgencia y rodante. Definitivamente, los taxistas improvisados tenían mucho de improvisados y poco de taxistas. Eran buena gente pero habían apostado por ganar dinero con una actividad manifiestamente alejada de sus competencias. El cónclave demostró que nuestra protagonista no estaba en absoluto por la labor de perder una noche más fuera de casa. Los dos españoles, tampoco. Uno de éstos propuso que fueran ellos, los tres españoles, quienes condujeran hasta Barcelona, en sucesivos turnos. Los otros dos aceptaron sin rechistar. A pesar de la situación, no perdieron los papeles en ningún momento. Eso sí, decidieron cambiar los papeles con los “sin papeles”. Comunicaron su decisión a los dos hermanos y cambiaron las posiciones dentro del coche. Los clientes se convirtieron en taxistas y éstos en clientes… El resto del viaje, con diversas rotaciones al volante, transcurrió sin incidentes, con los dos africanos durmiendo a pierna suelta, tras mascullar algunas palabras de agradecimiento y algo parecido al nombre de Fernando Alonso. Sólo hubo un momento de incertidumbre: los tres españoles, al acercarse a la frontera, temieron ser incapaces de transmitir de forma verosímil la realidad de su viaje y que les detuvieran por tráfico de inmigrantes ilegales…, pero el destino ésta vez no quiso cebarse en ellos. La pintoresca expedición llegó sana y salva a Barcelona y se dirigió al aeropuerto, para que el gallego iniciara la siguiente etapa de su periplo: buscar un vuelo hacia Santiago, tras intercambiarse mails con sus colegas de viaje y satisfacer el importe de la larguísima carrera. Los españoles ya habían decidido que, a pesar del cambio de roles, no regatearían nada, por lo que pagaron a partes iguales los 1000 euros del trayecto a los taxistas improvisados reconvertidos en clientes todavía más improvisados. Éstos mostraron en ese momento a los clientes reconvertidos en taxistas improvisados su absoluto desconocimiento de la orientación espacial y más en un país extraño. Los dos catalanes les hicieron el favor de llevarles hasta un punto de fácil salida de la ciudad en dirección hacia Francia. Les desearon suerte y, acto seguido, se separaron en sendos taxis. La ejecutiva llegó in extremis a celebrar su cumpleaños…

Más allá de consideraciones sobre la infinidad de negocios que florecen alrededor de cualquier crisis y de las desventuras ajenas, esta historia real –como tantas otras que se produjeron en aquellos días- demuestra cómo el comportamiento humano se adapta a las situaciones adversas.

Y demuestra también que la vida es decisión continua. La ejecutiva consiguió llegar a Barcelona tres días después de proponérselo. Pero… ¿qué hubiera pasado si no hubiera llamado inmediatamente a su assistant? ¿Y si hubiera optado por el chófer mayor? ¿Y si hubiera ido sola con los hermanos africanos? ¿Y si sus compañeros de viaje hubiesen sido menos amigables?

Imposible saberlo. Lo que sí sabemos es que hizo honor a su condición de ejecutiva. A pesar de las incertidumbres que surgían por doquier, tomó muchas decisiones críticas en muy poco tiempo. Decidir significa actuar, significa moverse. En el ámbito directivo, el movimiento se demuestra decidiendo... Según estudios de la DePaul University de Chicago, un directivo toma, en promedio, una decisión cada nueve minutos, lo que suma un total de más de cincuenta decisiones al día. Esto significa más de diez mil decisiones al año, es decir diez mil posibilidades de acertar o de equivocarse.

Las cenizas de un volcán islandés pusieron a prueba la capacidad de decidir de la ejecutiva catalana. Su empresa debería tenérselo en cuenta...
lA FOTOGRAFÍA ES DE ADCENSANCHE.ES/VA-DE-RETOS.PHP

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Claro que debería tenérselo en cuenta, ya que ha demostrado que efectivamente es una ejecutiva que ha tomado una ruta alternativa ante un problema inesperado. No se esperaba menos de ella. Por algo se la contrató como ejecutiva. Aunque la elección de chófer...tal vez necesite formación en recursos humanos.