lunes, mayo 24, 2010

Felicidad, incertidumbre y envidia [Javier Fernández Aguado]


En estos momentos de incertidumbre y dificultad, resulta oportuno recordar que todos podemos alcanzar un grado razonable de felicidad, independientemente de las coordenadas de lugar o tiempo en las que nos encontremos. Las circunstancias influyen, pero la felicidad es más cuestión interna que de entorno. El nivel de felicidad al que podemos aspirar es superior al que tenemos en el presente: las cosas pueden no mejorar, pero sí puede hacerlo nuestro modo de aproximarnos a ellas. En un caso extremo, nuestra actitud para soportar los acontecimientos externos por los que nos vemos zarandeados en una época de la vida. Como he explicado en mi libro “La felicidad posible”, cada uno entiende la felicidad de un modo diferente. Existen unas coordenadas básicas generales, en las que todos coincidimos, pero es equivocado pretender ‘imponer’ a los demás nuestro paradigma de felicidad. Lo que para unos es sumamente apetecible, para otros es motivo de disgusto. La felicidad, más que explicarla, hay que mostrarla en la propia vida. Sólo quien haya experimentado la felicidad estará en condiciones de transmitir orientaciones adecuadas sobre los senderos que es oportuno recorrer para alcanzarla.

La búsqueda de la felicidad es lo único en lo que está de acuerdo toda la humanidad. Algunos consideran, equivocadamente, que la felicidad de otros impide la suya. Son quienes se han dejado arrastrar por la envidia. Consiste esta triste enfermedad en la incapacidad de disfrutar con el bien ajeno. Así se describió esta patología hace muchos siglos: “como los buitres que pasan volando por muchos prados y lugares amenos y olorosos sin que hagan aprecio de su belleza, son arrastrados por el olor de cosas hediondas; así como las moscas, que no haciendo caso de las partes sanas van a buscar las úlceras; así también los envidiosos no miran ni se fijan en el esplendor de la vida, ni en la grandeza de las obras buenas, sino en lo podrido y corrompido; y si notan alguna falta de alguno (como sucede en la mayor parte de las cosas humanas) lo divulgan y quieren que los hombres sean conocidos por sus faltas”.

Quien así vive no puede siquiera vislumbrar lo que la felicidad sea.

Quien padece la lamentable patología de los celos envidiosos desearía matar el bien ajeno. Sólo sabe recrearse en las desgracias de los demás. Como a los otros no todo les sale mal, se reconcome en el lodo de su pequeñez. Cuando descubre una desgracia de otro, por pequeña que sea, su gozo está en darla a conocer a todos los que quieran oírla, si es posible –casi siempre lo es- desfigurándola y engrandeciéndola. Su especialidad es muchas veces el descubrimiento de ‘malas intenciones’.

Quien es capaz de vivir rectamente, sin celotipias absurdas, sin añoranzas desproporcionadas tendrá más asequible la meta de la felicidad.
La fotografía es de laweb serenismo

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ole! Y uno de las peores consecuencias de los celos y las envidias malas, es que la gente con verdadero talento, que no suele sufrir de esta enfermedad, si no aprende a detectarlas acaba sucumbiendo a ellas, o son neutralizados.

Anónimo dijo...

Y he dicho envidias MALAS nada que objetar a la envidia sana