
Como cada año, la primera semana de enero hemos celebrado en élogos una jornada de dos días de lanzamiento de nuestro plan de negocio, en la cual participa toda la organización. Acostumbramos también a invitar al evento a algún ponente externo, en este caso un conocido formador en temas de liderazgo. Desde que comenzó su presentación me sentí un poco aturdido por su “performance”: movimientos exagerados del cuerpo, comunicación no verbal barroca y tono de voz elevado, marcial, en fin, con o sin boina roja, tenía nuestro invitado cierto aire bolivariano, si se me permite la expresión.
Imaginen ustedes qué le ocurriría a uno de los asistentes al programa de televisión de Chavez si osara hacer algún comentario crítico sobre una se sus aseveraciones: en el mejor de los casos, daría con sus huesos en un avión rumbo a quién sabe dónde; si no algo peor.
Pues, yo, incautamente, tuve la osadía de hacer una valoración a nuestro formador, que había decidido, en diagnóstico fugaz de esos que hacen los quiromantes en programas de televisiones locales, que la situación de nuestra empresa encajaba 100% con cierto libro escrito por el años atrás.
No gustó nada, se habrá deducido ya, mi comentario. Casualmente leí en su momento su obra y le planteé el abismo que existía entre ella y nuestra realidad corporativa. Resultado: tono de voz más alto y un comentario hacia mí que me ridiculizaba, como hacían algunos profesores escolares de otros tiempos contra alumnos que no les encajaban, con sorna y carcajada general de los compañeros (ahora lo llaman bulling, no lo sufrí personalmente, pero lo recuerdo en aquellas aulas en transición también; por no hablar de los tortazos y otras vejaciones infantiles habituales hasta los años ochenta al menos).
Más aún, me persiguió el sujeto a la sala de almuerzo, insistiéndome en lo acertado de su planteamiento y lo equivocado del mío, y... ¡recomendándome encarecidamente que leyera su libro! (osea, ni siquiera me escuchó en la sala mientras argumentaba en base a la lectura de su obra una y otra vez).
Conclusión: Después de más de casi 15 años en el mundo de los RR.HH., y habiendo dedicado una parte importante de mi tiempo a la formación, cada vez tengo más claro el daño terrible que generan al sector la pléyade de “cursilleros” de aula que animan las salas de hoteles y otros centros corporativos.
Ajenos a lo que supone aprendizaje, a sus dimensiones químicas, emocionales, sociales y profesionales, se dedican a recorrer las aulas con mensajes huecos de experiencias personales. Si a día de hoy la formación es percibida como lo es por muchos directivos de negocio es gracias a ellos, y a los que les contratan (“¡qué bueno es este formador!”, una de esas frases lamentables que todos hemos oído alguna vez; como si se tratase de un masajista o un chef de moda que recomendar a otros).
Algo similar, por desgracia, está ocurriendo en el mundo del coaching, y si no se pone remedio, en unos años la burbuja generada se colapsará como supernova.
Propuesta: Eliminemos los cursos de formación y hagamos talleres de trabajo de verdad, aterrizados en la realidad de las empresas, únicos, irrepetibles, basados en un trabajo previo de análisis rico en matices, orientados a unir talento y energía de un equipo (¿qué fue del counselling?, cooperador necesario del coaching si entendemos que la persona lo es por sus emociones y no sólo por sus razones), respetuosos con los asistentes y con su bagaje y experiencia (no se trata de entretenerles, sino de trabajar con ellos).
No sé si lo lograremos alguna vez, esparciendo algún tipo de napal intelectual sobre la selva de “cursillos” que aún persiste en nuestro país, pero, mientras tanto, seguiré como activo combatiente en la guerrilla invisible de los que pensamos que el aprendizaje es algo más que una amena velada en el club de la comedia.
Imaginen ustedes qué le ocurriría a uno de los asistentes al programa de televisión de Chavez si osara hacer algún comentario crítico sobre una se sus aseveraciones: en el mejor de los casos, daría con sus huesos en un avión rumbo a quién sabe dónde; si no algo peor.
Pues, yo, incautamente, tuve la osadía de hacer una valoración a nuestro formador, que había decidido, en diagnóstico fugaz de esos que hacen los quiromantes en programas de televisiones locales, que la situación de nuestra empresa encajaba 100% con cierto libro escrito por el años atrás.
No gustó nada, se habrá deducido ya, mi comentario. Casualmente leí en su momento su obra y le planteé el abismo que existía entre ella y nuestra realidad corporativa. Resultado: tono de voz más alto y un comentario hacia mí que me ridiculizaba, como hacían algunos profesores escolares de otros tiempos contra alumnos que no les encajaban, con sorna y carcajada general de los compañeros (ahora lo llaman bulling, no lo sufrí personalmente, pero lo recuerdo en aquellas aulas en transición también; por no hablar de los tortazos y otras vejaciones infantiles habituales hasta los años ochenta al menos).
Más aún, me persiguió el sujeto a la sala de almuerzo, insistiéndome en lo acertado de su planteamiento y lo equivocado del mío, y... ¡recomendándome encarecidamente que leyera su libro! (osea, ni siquiera me escuchó en la sala mientras argumentaba en base a la lectura de su obra una y otra vez).
Conclusión: Después de más de casi 15 años en el mundo de los RR.HH., y habiendo dedicado una parte importante de mi tiempo a la formación, cada vez tengo más claro el daño terrible que generan al sector la pléyade de “cursilleros” de aula que animan las salas de hoteles y otros centros corporativos.
Ajenos a lo que supone aprendizaje, a sus dimensiones químicas, emocionales, sociales y profesionales, se dedican a recorrer las aulas con mensajes huecos de experiencias personales. Si a día de hoy la formación es percibida como lo es por muchos directivos de negocio es gracias a ellos, y a los que les contratan (“¡qué bueno es este formador!”, una de esas frases lamentables que todos hemos oído alguna vez; como si se tratase de un masajista o un chef de moda que recomendar a otros).
Algo similar, por desgracia, está ocurriendo en el mundo del coaching, y si no se pone remedio, en unos años la burbuja generada se colapsará como supernova.
Propuesta: Eliminemos los cursos de formación y hagamos talleres de trabajo de verdad, aterrizados en la realidad de las empresas, únicos, irrepetibles, basados en un trabajo previo de análisis rico en matices, orientados a unir talento y energía de un equipo (¿qué fue del counselling?, cooperador necesario del coaching si entendemos que la persona lo es por sus emociones y no sólo por sus razones), respetuosos con los asistentes y con su bagaje y experiencia (no se trata de entretenerles, sino de trabajar con ellos).
No sé si lo lograremos alguna vez, esparciendo algún tipo de napal intelectual sobre la selva de “cursillos” que aún persiste en nuestro país, pero, mientras tanto, seguiré como activo combatiente en la guerrilla invisible de los que pensamos que el aprendizaje es algo más que una amena velada en el club de la comedia.
La foto es de educared
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