En los últimos años todos insistimos en que la actitud es fundamental. Yo también. Y para que el mensaje sea más contundente nos aferramos a expresiones de clásicos (Virgilio: “puedes porque crees que puedes”), que siempre visten mucho, o a expresiones más populares y castizas (“querer es poder”). Pero..., ¿es sólo cuestión de actitud? Cargamos tanto las tintas en ello que puede parecer que con buena actitud o predisposición, ya basta. Y eso no sólo puedo sonar simplista sino que también puede confundir. Evidentemente, no es sólo cuestión de actitud, con “c”. La actitud es la guinda pero tiene que haber algo debajo. Y ese algo es la aptitud, con “p”. O, dicho de otro modo, el conocimiento y la experiencia. Me refiero por tanto al ya clásico trinomio SABER + SABER HACER + QUERER. La ACTITUD está reflejada en el “querer” y no es circunstancial que se cite en tercer lugar... Antes están el “saber” y el “saber hacer”. El “saber” consiste en tener y acumular CONOCIMIENTO (la lectura y el estudio, o dicho de otro modo, “los codos”, suelen ayudar a ello…). El “saber hacer” está directamente relacionado con la EXPERIENCIA, es decir con vivir situaciones que ponen a prueba nuestros conocimientos, pero sobre todo nuestras habilidades a la hora de exponerlos y de interactuar con terceros al respecto. Por supuesto, si uno “sabe” y “sabe hacer” pero no “quiere”, generalmente por falta de motivación, la cosa se complica. Por buscar una elegante metáfora animal, una mula sabe andar y está acostumbrada a transportar personas y mercancías pero si se niega a hacerlo, lo tenemos difícil. En ese caso, entran en juego factores motivacionales que, si se manejan con inteligencia y tacto (algún terroncito de azúcar es suficiente ante la terquedad de la mula, pero el comportamiento humano es bastante más complejo), pueden vencer las resistencias de la persona y lograr su cambio de actitud.
En cambio, si uno tiene una magnífica actitud (“quiere”), pero “no sabe” y/o “no sabe hacer”, sí que no tenemos prácticamente nada que hacer. O, dicho de otro modo, lo que se debe hacer exige mucho tiempo y esfuerzo y eso no siempre compensa… Y ahí, al apuntar al esfuerzo, las cosas son radicalmente diferentes entre la actitud y la aptitud. Cuesta lo mismo tener buena actitud que mala actitud. Sonreír, por ejemplo, no cuesta nada (aunque a determinados individuos les cueste mucho).
En cambio, no cuesta lo mismo tener buena o mala aptitud. La buena aptitud, o la aptitud a secas, cuesta mucho, pero mucho. No se adquiere con un simple “clic” o con un “cambio de chip”, sino con dedicación, esfuerzo y perseverancia. O sea, con eso que antiguamente se describía como “sangre, sudor y lágrimas”. Y ya se sabe, el aprendizaje requiere grandes dosis de voluntad y mucho tiempo.
Resumiendo, no vayamos a creernos que sólo con disposición y “buen rollo” se consiguen las cosas. Son muy importantes, y nos ayudarán a marcar diferencias a nuestro favor…, siempre y cuando se apoyen en la aptitud. No sólo son las cosas del querer…
En cambio, si uno tiene una magnífica actitud (“quiere”), pero “no sabe” y/o “no sabe hacer”, sí que no tenemos prácticamente nada que hacer. O, dicho de otro modo, lo que se debe hacer exige mucho tiempo y esfuerzo y eso no siempre compensa… Y ahí, al apuntar al esfuerzo, las cosas son radicalmente diferentes entre la actitud y la aptitud. Cuesta lo mismo tener buena actitud que mala actitud. Sonreír, por ejemplo, no cuesta nada (aunque a determinados individuos les cueste mucho).
En cambio, no cuesta lo mismo tener buena o mala aptitud. La buena aptitud, o la aptitud a secas, cuesta mucho, pero mucho. No se adquiere con un simple “clic” o con un “cambio de chip”, sino con dedicación, esfuerzo y perseverancia. O sea, con eso que antiguamente se describía como “sangre, sudor y lágrimas”. Y ya se sabe, el aprendizaje requiere grandes dosis de voluntad y mucho tiempo.
Resumiendo, no vayamos a creernos que sólo con disposición y “buen rollo” se consiguen las cosas. Son muy importantes, y nos ayudarán a marcar diferencias a nuestro favor…, siempre y cuando se apoyen en la aptitud. No sólo son las cosas del querer…

El 19 de marzo he tenido la fortuna de participar en Expoelearning, en Barcelona. Por invitación del presidente de AEFOL –Josep Lozano- pronuncié la conferencia inaugural del mayor congreso internacional sobre e-learning, con presencia de congresistas de más de una docena de países de diversos Continentes.
Esta de hoy será probablemente mi aportación al blog más sufrida de las que he hecho hasta ahora. Estoy subido a un avión rumbo al congreso de la ASTD (www.astd.org) que se celebrará en San Diego y, o bien estoy engordando, o es que el espacio del asiento se ha encogido.
Uno de los aspectos que menos se han comentado durante esta crisis, ha sido sin duda alguna el papel de las compañías - me cuesta llamarles empresas- de Capital Riesgo. En mi experiencia tengo que reconocerles a estas compañías muchos aspectos positivos. Son de destacar el enorme cambio que han provocado en muchas empresas con la incorporación al capital de las mismas de estos accionistas (cambios en el modelo de gestión, ayuda a la internacionalización de la empresa, mejoras en los procesos, incremento del talento organizativo y otros muchos). Ha habido numerosas empresas - muchas de ellas de titularidad familiar- que no hubieran sobrevivido si no hubiera sido por la irrupción de los "private equity" en el accionariado y en la gestión de las mismas. Por otro lado, las compañías de Capital Riesgo atesoran entre sus equipos personas con gran talento y profesionalidad capaces por sí mismos muchas veces de estar al frente de empresas punteras y de conseguir grandes logros.
En épocas de caída, que crisis ya hicimos hace unos cuantos meses, los ojos se ponen en el empleo, ¡iba siendo hora! bendita costumbre la de abordar los problemas cuando los tenemos encima y no prevenir. ¿Tendrá algo que ver con el liderazgo y la visión de futuro?