viernes, septiembre 11, 2009

La vida en titulares


Mucha gente no lee jamás el periódico. Y entre los que sí lo hacen, muchos prácticamente sólo leen los titulares. Parecen conformarse con el destilado del mensaje que aparece en grande y en negrita en la cabecera del artículo. ¿Motivos para no leer más allá?: la falta de tiempo o la pereza. Sin embargo, muchas veces, tras leer en su integridad el artículo, reseña o columna, uno comprueba que el contenido de la noticia no se corresponde demasiado con el titular, aunque éste tenga su gancho. Por supuesto, el que sólo ha leído el titular no llegará nunca a ese matiz ni a ese tipo de interpretaciones. Prueben a “rascar” un poquito los conocimientos de alguien que explica una noticia, a ver cuánto sabe realmente de ella.
En las relaciones humanas nos pasa un poco lo mismo. Somos animales sociales y, por tanto, nos relacionamos. Nos gusta que se preocupen por nosotros y nos esforzamos en interesarnos por los demás. Pero, generalmente, nos interesamos por el otro sólo hasta cierto punto. En cuanto nuestro interlocutor se alarga demasiado en una explicación, empezamos a desconectar. Y no me refiero a los pelmazos que no paran de hablar, que esos se merecen que desconectemos, si no al grueso de los mortales. La vida loca del siglo XXI y su intenso ritmo en actividades de todo tipo (la mayoría poco importantes, aunque estemos empeñados en darles siempre mucho valor frente a terceros), hace que dispongamos de muy poco tiempo (para lo realmente importante) y que estemos siempre frenéticamente corriendo de un lado para otro, intentando ir al grano de las cosas. Somos como el conejo que aparecía en “Alicia en el país de las maravillas”. Eso hace, que también en las relaciones personales cada vez nos quedemos más en los titulares, es decir en lo aparente y superficial. Para colmo, diría que, como sucede en los medios de comunicación, si el mensaje que encierra dicho titular es negativo, casi “mejor”... Es más noticia que tal tenga un cáncer o que lo hayan despedido del trabajo, que si está perfectamente o le va bien en su empresa. Creo que es innegable, aunque lo neguemos, que tenemos una cierta atracción involuntaria hacia lo morboso: da mucho más juego. Y qué decir de nuestras primeras impresiones al conocer a alguien. Buscamos obsesivamente el titular para bautizarlo, es decir para “etiquetarlo” o adjetivarlo y de ahí difícilmente nos sacará nadie, como refleja el dicho ”no hay una segunda oportunidad para tener una buena primera impresión”. Luego, cuando le explicamos a un tercero cosas que nos ha contado fulanito o menganito o impresiones sobre él, el paso del tiempo, la tendencia al morbo y, a veces, las limitaciones de nuestra capacidad de comunicación hacen que de los titulares superficiales que nos hemos compuesto nosotros mismos (a pesar de los denodados esfuerzos del emisor por explicarnos en profundidad su realidad), ya sólo subsistan algunos retazos. Es decir, transmitimos los titulares de los titulares, en un ejercicio instintivo de simplificación que termina distorsionando tremendamente la realidad.
Resumiendo, nos ha tocado vivir en un tiempo dónde las prisas y la necesidad de inmediatez nos incitan a la superficialidad Creo que esa tendencia afecta a las relaciones humanas. Nos falta tiempo para la reflexión y el auto-conocimiento (diría que éste nos asusta) y nos falta tiempo para los demás. Nos relacionamos, sí, con familiares, amigos, gente de nuestro mundo profesional, etc., pero de una forma tan superficial que sólo sirve para cubrir el expediente. Creemos que nos conocemos sin conocernos, del mismo modo que nos creemos enterados de las noticias del mundo sin apenas conocerlas. A lo mejor también en la vida convendría realizar una lectura más profunda y reposada.

2 comentarios:

Isidro Rodrigo de Diego dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Isidro Rodrigo de Diego dijo...

Buenas Enrique,

Es cierto que el ser humano busca reglas de funcionamiento que le simplifiquen la vida (a la hora de procesar información, de relacionarse y en otros muchos ámbitos) y que la sobreexposición a (y a veces la búsqueda activa de) mensajes negativos es un hecho hoy en día.

¿Puede tratarse de una forma de centrarse en los problemas de los demás evadir una falta de autoconocimiento y una insatisfacción que aparece latente en los discursos de las personas?

¿Puede ser este fenómeno una de las causas del incremento (merecido) del peso de teorías y personalidades como Seligman o de proyectos como el Instituto de la Felicidad de CocaCola?

En el día a día (en mi organización y en parte de mi círculo familiar) oigo hablar de obstáculos, del como “debería” ser la vida o de injusticias propias o ajenas lo que me obliga siempre a intentar llevar el tema hacia lo que uno ha conseguido, hacia como “quieres” que sea la vida o hacia lo que tus actos logran facilitar a los demás.

Estoy totalmente de acuerdo contigo que tener reglas para un efectivo funcionamiento cotidiano con tantísima información ahí fuera es fundamental, pero en lo tocante al autoconocimiento, a tus valores y a tu proyecto vital y profesional vale la pena detenerse a reflexionar profundamente.

De nuevo felicidades por tu interesante post.