miércoles, junio 03, 2009

Lo que me ha enseñado mi coche

¿Tiene usted gente en su organización gente que aportarían más o mejor si supieran cómo o tuvieran los medios para ello? ¿Cuántas hay que no saben cómo transformar su motivación en esos resultados extra que se le exigen? ¿Cómo convertir la energía humana positiva que crean los discursos en movimiento?
En tiempos como los que corren muchos pedimos a nuestra gente esfuerzos y dedicación extra y comprobamos con sorpresa que ¡los conseguimos! Resulta que en tiempos difíciles apretamos la exigencia, tensamos la cuerda y la mayoría de nuestra gente responde. Trabajan más y mejor en todas partes y a todos los niveles: unos haciendo y otros haciendo hacer. A los directivos el fenómeno les sorprende profundamente. Pero a los accionistas lo que hace es enfadarlos de manera aún más profunda. ¿Por qué demonios no ocurría esto cuando iban mejor las cosas y cuando existía una mayor relación entre el esfuerzo y los resultados?
Me pregunto si este fenómeno da la razón a los partidarios de la mano dura en la dirección de personas. A los que dicen que conviene tener a la gente tensa en lo emocional: ilusionada, comprometida, de acuerdo; pero un tanto “acongojada” también. Soy un firme partidario de lo primero, pero lucho en mi interior por no acabar convencido de lo segundo y la razón me la está dando mi coche.
Tengo un automático. Dice el fabricante que este cambio es mucho mejor que el manual de cara al consumo, al rendimiento del motor y no sé de cara a cuantas cosas más. El cambio manual deja al albedrío del conductor el cambio de marcha y éste no siempre actúa con el mejor criterio porque lo hace por intuición o el ruido del motor o por el tacto del acelerador. El cambio automático actúa de acuerdo a datos, a indicadores, a algoritmos programados. Es un cambio profesional, científico y serio. Gracias a él, se aprovecha al máximo la energía del motor convirtiéndola en resultados: movimiento, velocidad, potencia adecuada al terreno.
Este mecanismo básico de la automoción es también uno de los mecanismos básicos de la dirección de personas. Las revoluciones del motor son una buena metáfora de la motivación y del compromiso de la gente. El movimiento y la velocidad lo son de los resultados esperados. Un conductor malo (un líder malo o que no actúa como tal) tiene mucha energía disponible en su gente que no aprovecha. Tiene mucha motivación no acoplada al engranaje de los objetivos, de las tareas y de los recursos disponibles. Como consecuencia, no obtiene los resultados potenciales que podría obtener. Mi conclusión parcial al fenómeno que comentaba al principio es, pues, que la exigencia general también está afectando a la labor de dirección.
Sólo les queda aplicarse al volante y elegir destino en un territorio desconocido con un mapa incompleto e inexacto. Pero esa, como decía Rudyard Kipling, es otra historia…