
He oído en varias conferenecias, de diferentes personas, que los recientes cambios en la normativa contable han jugado un cierto papel en la transmisión de la crisis. No en su gestación pero si en su, digamos, divulgación. En especial se referían a la obligación de valorar algunos activos a precios razonables de mercado. Anteriormente el criterio era el coste histórico corregido a la baja en determinadas circunstancias
Como se puede uno imaginar cuando se estima que el precio sube se producen revalorizaciones del activo que generan beneficios. A sensu contrario si se estima que el precio baja se generan pérdidas. Las pérdidas continuadas generan la necesidad de capital adicional o la quiebra. Este ha sido un mecanismo multiplicador de la sensación de pánico en algunos momentos. Y por ello se ha aceptado la limitación en la aplicación de la norma. En definitiva, que la norma puede cambiarse.
Por otro lado, casi todo el mundo comparte la idea de que el éxito empresarial se mide por los beneficios o por el valor de la acción, que a su vez tiene que ver con los beneficios.
Entonces, ¿y si cambiaramos las normas contables otra vez? Podríamos considerar la formación como inversión que se amortiza, y no como gasto, o tratar de establecer como indicador de éxito el número de empleados. O sin cambiar la norma, fomentar que los analistas tengan en cuenta estos elementos cuando recomiendan un valor o una valoración. O que las Juntas Generales de Accionistas castiguen la reducción del número de empleados como un fracaso de la gestión de los gestores.
Hace algún tiempo alguien mencionó la paradoja que supone que la presión de los accionistas institucionales, fondos de inversión o de pensiones, por generar rentabilidad para sus partícipes puede ser la causa de que algún particípe pierda su empleo sin saberlo ni el fondo, ni el partícipe.
¿Y si ....?
Como se puede uno imaginar cuando se estima que el precio sube se producen revalorizaciones del activo que generan beneficios. A sensu contrario si se estima que el precio baja se generan pérdidas. Las pérdidas continuadas generan la necesidad de capital adicional o la quiebra. Este ha sido un mecanismo multiplicador de la sensación de pánico en algunos momentos. Y por ello se ha aceptado la limitación en la aplicación de la norma. En definitiva, que la norma puede cambiarse.
Por otro lado, casi todo el mundo comparte la idea de que el éxito empresarial se mide por los beneficios o por el valor de la acción, que a su vez tiene que ver con los beneficios.
Entonces, ¿y si cambiaramos las normas contables otra vez? Podríamos considerar la formación como inversión que se amortiza, y no como gasto, o tratar de establecer como indicador de éxito el número de empleados. O sin cambiar la norma, fomentar que los analistas tengan en cuenta estos elementos cuando recomiendan un valor o una valoración. O que las Juntas Generales de Accionistas castiguen la reducción del número de empleados como un fracaso de la gestión de los gestores.
Hace algún tiempo alguien mencionó la paradoja que supone que la presión de los accionistas institucionales, fondos de inversión o de pensiones, por generar rentabilidad para sus partícipes puede ser la causa de que algún particípe pierda su empleo sin saberlo ni el fondo, ni el partícipe.
¿Y si ....?
La foto es de la web liga de pádel INSA
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