jueves, mayo 14, 2009

Realidad: una mentira por descubrir


En 1989 quedé impresionado por el impacto que la forma de trabajar de John Keating, un profesor de literatura tuvo sobre un grupo de chavales, estudiantes de una prestigiosa y conservadora academia que decidieron revelarse contra el conservadurismo moral y reclamar su puesto en la sociedad. En la retina me quedó grabada la imagen de unos chicos que, subidos a sus sillas, trataban de ver la realidad con distintos ojos y seguir la filosofía del “Carpe diem” o “aprovechar el día sin malgastarlo”. Veinte años después, desempeño una profesión que emula la labor del señor Keating, y que se ha bautizado con el nombre de Coaching.

El trabajo de coach no consiste únicamente en invitar al coachee a subirse a una silla y observar a su alrededor, sino también en incitarle a tomar la responsabilidad de actuar sobre lo que desde ella ve. Seguir un proceso de coaching es seguir un programa de autoconocimiento y autodesarrollo, es definir claramente lo que queremos y trazar un plan de acción para conseguirlo, es conocernos mejor para ser conscientes de lo que hacemos y de cómo lo hacemos y analizar si el camino que seguimos nos lleva donde queremos. El proceso de coaching centra la atención en la figura del coachee y su responsabilidad de vivir los días sin malgastarlos.

Iniciar un proceso de coaching es lanzarse a explorar lo desconocido. Vivimos a toda velocidad empleando nuestro tiempo de la forma más eficiente posible para realizar nuestro trabajo y cumplir con lo que se espera de nosotros. Lo damos todo. Somos profesionales y nos lo demostramos diariamente. Cumplimos y nos sacrificamos personalmente si es necesario para conseguir los objetivos marcados. Nuestros días se suceden trabajando cada vez más duro sin en ocasiones recibir una recompensa diferente por ello. El trayecto es agotador, y tenemos la sensación que parar es un lujo que no nos podemos permitir. Es precisamente de esta espiral de sacrificio y pensamiento de la que nos ayuda a salir el coaching, invitándonos a ponernos unas gafas con las que ver nuestra realidad desde una óptica diferente. Las sesiones son un kit-kat en nuestra vorágine diaria, que nos permiten levantar la cabeza del agujero del avestruz y que nos obligan a parar y reflexionar, y a subirnos encima de la silla y observar.

La experiencia de una sesión de coaching es similar al efecto producido por una linterna en la oscuridad, que nos permite descubrir áreas que la cerrazón mantenía ocultas para nosotros. La revelación de nuevas áreas y caminos cambia nuestra percepción de la situación, de lo que creíamos como real, único y absoluto. Nuevas opciones y caminos se postran ante nosotros mientras progresamos en nuestro viaje. Tenemos la posibilidad de experimentar cosas diferentes que darán resultados diferentes. Entramos en el camino del cambio y la innovación, del crecimiento y el desarrollo.

El viaje no termina ahí. Pararnos en la toma de conciencia es como descubrir un tesoro y no ir a por él. Tenemos que actuar, que responsabilizarnos de lo que descubrimos y obrar en consecuencia. Tenemos que salir de nuestra zona de confort y probar cosas nuevas para conseguir resultados diferentes. Tenemos que exponernos y arriesgarnos y sobre todo confiar en nosotros mismos y nuestras capacidades y habilidades para doblegar las dificultades y consolidar los descubrimientos.

Como escuché el otro día en un programa de radio, “la realidad es una mentira por descubrir”. Es nuestra responsabilidad desenmascarar las mentiras de nuestro día a día y actuar en consecuencia. Para progresar hay que cambiar y la motivación para movernos viene precedida del descubrimiento de algo mejor de lo que tenemos. El coaching nos acompaña en la inmersión a lo desconocido, ayudándonos a descubrir lo que en apariencia conocemos, empujándonos a tomar responsabilidad de lo que queremos y a ser consciente que poseemos lo que necesitamos para iniciar el viaje.