
Escuché la frase a un empresario estadounidense que contaba su experiencia como estudiante e investigador en el MIT y destacaba la ventaja que representaba contar con los recursos y las facilidades del MediaLab del Instituto abierto a todas horas para seguir desarrollando un proyecto incluso “si es por viernes por la noche y se te enciende la bombilla entonces y necesitas pasar el fin de semana desarrollándola”. La frase y la ocasión datan de hace más de 25 años. En aquel entonces yo era estudiante y al escuchar esto lo primero que se me ocurrió fue que a ese americano lo que le convenía era pasar una noche entre nosotros para que se enterara de como interpretamos aquí el “carpe noctem”… Pero la broma ocultaba, también, una buena dosis de envidia. La que sentía cuando comparaba aquella situación con la nuestra: un país en el que las universidades, los centros de investigación y las empresas cerraban a cal y canto el viernes por la tarde y volvían a la vida el lunes a media mañana. Me preguntaba entonces si algún día llegaríamos a disponer de algo parecido: un lugar dónde trabajar cuando se nos encendiera la bombilla disfrutando de todos los recursos de información necesarios. La respuesta que me dí a mí mismo durante años fue que aunque la tecnología lo hiciera posible la diferencia decisiva entre unos y otros sería la que hubiera en actitudes y en valores favorables a su disfrute.
Actitudes y valores deben demostrarse con hechos relevantes. No sirven brindis al sol ni trampas al solitario como las que estamos haciendo en este país en el que para mejorar la tasa de fracaso escolar en la ESO se cambian las reglas y se deja pasar de curso hasta con cuatro suspensas. O mejorando la calidad del sistema introduciendo, o tan solo prometiendo, pizarras electrónicas y portátiles a niños de once años...
Hoy, veinticinco años después de aquello, una parte del problema está ya solucionado. Internet ha derribado las barreras y abierto muchas puertas. Cualquiera, con un par de claves y una conexión de alta velocidad puede conectarse a cualquier base de datos que necesite sin que importe el lugar en dónde se encuentre y la hora que sea. ¡Carpe noctem!, pues para quien quiera aprovechar.
Y lo interesante es que un fenómeno de carácter privado e individual en origen (yo frente a la máquina y en la red) se ha convertido en poco tiempo en un fenómeno social con características y repercusiones globales de dimensiones insospechadas. Algunos dicen que estamos asistiendo al nacimiento de un sexto poder que ya han bautizado como “networking power”. Las últimas elecciones norteamericanas así lo han demostrado. Un poder que surge de una masa de individuos interconectados más allá del tiempo y del espacio y que es capaz de convertir lo que inicialmente es puro interés personal en acciones colectivas intencionadas con alto impacto en iniciativas de beneficio social y económico (esperemos que no en el sentido contrario). Estamos, de todas maneras, frente a un poder aún demasiado joven que necesitará en el futuro dotarse de una estructura que fortalezca y ordene lo que hoy es mero ímpetu. Un poder que espera a su Montesquieu y le dote de lo que también algunos han llamado la arquitectura de la participación electrónica.
Las condiciones están ya creadas para que el “networking power” sea también una realidad en nuestras organizaciones. El convertirlo en un factor que impacte en resultados será, una vez más, una cuestión de inteligencia corporativa y de habilidad de management con mayúsculas y necesitará tanto de directivos y líderes que lo reconozcan y lo sepan gestionar como de políticas y sistemas que faciliten su impacto.
¿Cómo hacer que la disponibilidad prácticamente ilimitada de talento más allá de cualquier barrera espacio-temporal genere al mismo tiempo, el compromiso, el team spirit y la cohesión necesarias entre los miembros de la red? ¿Como hacer compatible la velocidad de intercambio de grandes cantidades de información entre los miembros de un equipo virtual de proyecto con la necesidad de generar aprendizaje útil y valor añadido para el cliente?
Estas y otras muchas cuestiones parecidas están ya encima de nuestras mesas y esperan respuestas.
La foto es de misanthropia.net
Actitudes y valores deben demostrarse con hechos relevantes. No sirven brindis al sol ni trampas al solitario como las que estamos haciendo en este país en el que para mejorar la tasa de fracaso escolar en la ESO se cambian las reglas y se deja pasar de curso hasta con cuatro suspensas. O mejorando la calidad del sistema introduciendo, o tan solo prometiendo, pizarras electrónicas y portátiles a niños de once años...
Hoy, veinticinco años después de aquello, una parte del problema está ya solucionado. Internet ha derribado las barreras y abierto muchas puertas. Cualquiera, con un par de claves y una conexión de alta velocidad puede conectarse a cualquier base de datos que necesite sin que importe el lugar en dónde se encuentre y la hora que sea. ¡Carpe noctem!, pues para quien quiera aprovechar.
Y lo interesante es que un fenómeno de carácter privado e individual en origen (yo frente a la máquina y en la red) se ha convertido en poco tiempo en un fenómeno social con características y repercusiones globales de dimensiones insospechadas. Algunos dicen que estamos asistiendo al nacimiento de un sexto poder que ya han bautizado como “networking power”. Las últimas elecciones norteamericanas así lo han demostrado. Un poder que surge de una masa de individuos interconectados más allá del tiempo y del espacio y que es capaz de convertir lo que inicialmente es puro interés personal en acciones colectivas intencionadas con alto impacto en iniciativas de beneficio social y económico (esperemos que no en el sentido contrario). Estamos, de todas maneras, frente a un poder aún demasiado joven que necesitará en el futuro dotarse de una estructura que fortalezca y ordene lo que hoy es mero ímpetu. Un poder que espera a su Montesquieu y le dote de lo que también algunos han llamado la arquitectura de la participación electrónica.
Las condiciones están ya creadas para que el “networking power” sea también una realidad en nuestras organizaciones. El convertirlo en un factor que impacte en resultados será, una vez más, una cuestión de inteligencia corporativa y de habilidad de management con mayúsculas y necesitará tanto de directivos y líderes que lo reconozcan y lo sepan gestionar como de políticas y sistemas que faciliten su impacto.
¿Cómo hacer que la disponibilidad prácticamente ilimitada de talento más allá de cualquier barrera espacio-temporal genere al mismo tiempo, el compromiso, el team spirit y la cohesión necesarias entre los miembros de la red? ¿Como hacer compatible la velocidad de intercambio de grandes cantidades de información entre los miembros de un equipo virtual de proyecto con la necesidad de generar aprendizaje útil y valor añadido para el cliente?
Estas y otras muchas cuestiones parecidas están ya encima de nuestras mesas y esperan respuestas.
La foto es de misanthropia.net
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