Estoy, junto con otros colegas impartiendo un curso que tiene que ver con Ontología del Lenguaje. Hace un rato uno de mis compañeros trataba el tema de las peticiones y ha comenzado explicando la distinción entre pedir y ordenar.Según le escuchaba recordé dos situaciones que ejemplifican perfectamente lo que ocurre cuando no tenemos una conciencia clara de la diferencia entre una y otra. Como sabemos, la distinción fundamental entre ordenar y pedir es que a la primera no te puedes negar mientras que anta una petición puedes aplazar la respuesta puedes negociarla y, por supuesto, puedes negarte. La primera situación que recordé fue aquella en la que un amigo mío, servicial y afable, no sabía decir que no. Ante cualquier petición, por peregrina que fuera, afirmaba, accedía o en el peor de los casos se comprometía a hacer todo lo posible (compromiso que luego cumplía holgadamente). En una ocasión, ante una petición realizada por él a una tercera persona, que, no hace falta decirlo, había usado y abusado de esta característica de mi amigo obtuvo un rotundo no. Mi amigo, descolocado y sorprendido únicamente acertó a preguntar ¿porqué? La fría y contundente respuesta fue algo así como “no tengo que darte explicaciones”. El único argumento de mi amigo ante esta contestación fue la de evocar la cantidad de veces que él había accedido a sus demandas. La respuesta igual de cortante fue la de “podías haberte negado”. A mi amigo no le entraba en la cabeza: se había tomado todas las peticiones como algo inexcusable que había que hacer… su sorpresa fue descubrir no solo que no había reciprocidad, que el interlocutor se podía negar, sino sobre todo que él también podía haberse negado.La segunda fue aquella reunión en que el Director del Área pidió a sus colaboradores un esfuerzo extra y dedicar el fin de semana a finalizar un proyecto.Uno de los asistentes comentó algo acerca de la dificultad, por motivos familiares que no vienen al caso, de poder acudir a la oficina dicho sábado. A partir de ese momento la reunión derivó en un toma y daca de argumentaciones variadas en las que el jefe con más persistencia que acierto proponía alternativas y soluciones variadas para el tema personal de modo que pudiera contar con el colaborador el fin de semana. Finalmente y rendido, que no convencido, el colaborador comentó algo acerca de las prioridades familiares sobre las de finalizar un determinado proyecto. La contundente respuesta fue la indicar, sin eufemismos de ningún tipo, que todo empleado de la empresa sabía dónde estaba la puerta si no sabía cuáles eran las prioridades.
En el primer caso mi amigo tomaba peticiones por órdenes. En el segundo un directivo disfraza una orden de petición.Cuando no somos conscientes de si estamos ante una petición o una orden respondemos inadecuadamente, esto es, de una forma ineficaz: o generamos o padecemos un sufrimiento innecesario.En las empresas, curiosamente, es algo cotidiano. Cuántos jefes, queriendo ser “líderes democráticos” al uso y generadores de “buen rollito”, como les han explicado en cien mil y un seminarios de liderazgo, disfrazan sus órdenes de peticiones. Ojo, no les lleves la contraria so pena de ver qué pronto se les acaba el “buen rollito”.Cuántos colaboradores se toman como órdenes lo que muchas veces no son más que peticiones (o simplemente sugerencias o recomendaciones aplazables, negociables o sencillamente rechazables) y generan un estilo de trabajo caracterizado por la sumisión que a medio o largo plazo desembocarán en falta de sentido crítico o en resentimiento.Debemos identificar cuando recibimos (o emitimos) órdenes o peticiones y exponer con claridad cuando es una orden, inexcusable por tanto y que hay que cumplir y cuando es una petición que puede o no ser aceptada. Nos ahorraremos y ahorraremos a nuestro entorno confusión, ineficacia y, más a menudo de lo que pensamos, sufrimientos innecesarios.
En el primer caso mi amigo tomaba peticiones por órdenes. En el segundo un directivo disfraza una orden de petición.Cuando no somos conscientes de si estamos ante una petición o una orden respondemos inadecuadamente, esto es, de una forma ineficaz: o generamos o padecemos un sufrimiento innecesario.En las empresas, curiosamente, es algo cotidiano. Cuántos jefes, queriendo ser “líderes democráticos” al uso y generadores de “buen rollito”, como les han explicado en cien mil y un seminarios de liderazgo, disfrazan sus órdenes de peticiones. Ojo, no les lleves la contraria so pena de ver qué pronto se les acaba el “buen rollito”.Cuántos colaboradores se toman como órdenes lo que muchas veces no son más que peticiones (o simplemente sugerencias o recomendaciones aplazables, negociables o sencillamente rechazables) y generan un estilo de trabajo caracterizado por la sumisión que a medio o largo plazo desembocarán en falta de sentido crítico o en resentimiento.Debemos identificar cuando recibimos (o emitimos) órdenes o peticiones y exponer con claridad cuando es una orden, inexcusable por tanto y que hay que cumplir y cuando es una petición que puede o no ser aceptada. Nos ahorraremos y ahorraremos a nuestro entorno confusión, ineficacia y, más a menudo de lo que pensamos, sufrimientos innecesarios.
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