miércoles, enero 21, 2009

Y, es que no aprendemos

Hace unos días, un admirado colega, Eugenio Ibarzabal, me decía que la actual situación económica es consecuencia de algo tan antiguo como el propio hombre, la avaricia. Esto, tan simple, me impactó, ¿será posible que tenga razón? ¿Cómo una actitud tan individual puede afectar de una manera tan global?

La avaricia, el afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas, domina nuestro sistema económico, o lo que es lo mismo nuestra organización social. Podría decir que estamos enfermos, no porque las nuevas o cuasi-nuevas generaciones tengan otros valores, como oímos a nuestros mayores y contrastamos en nuestro entorno, la X, la Y, el abecedario entero, sino porque todo el sistema está desarrollado sobre una única idea, tener más.

Mientras el “tener más” esta ligado a la propiedad de las organizaciones, sin intermediarios, el atesoramiento es ordenado y existe la fórmula dame que recompensaré. Pero cuando esto no ocurre la búsqueda de riqueza y poder se desarrolla en un marco de corto plazo; la propiedad marca objetivos y la dirección los cumple a cambio de más y más, sin importar las consecuencias.

Ahora hacemos agua y, para nadar utilizamos la misma fórmula, consumo y más consumo. Se inyecta en el sistema liquidez para poder seguir consumiendo, se desarrollan planes especiales de apoyo a sectores empresariales para seguir consumiendo, se refuerzan las protecciones sociales del desempleo para seguir consumiendo, se bajan los impuestos empresariales para intentar mantener los márgenes y evitar reestructuraciones que bajen el consumo. Lo de siempre, que no decaiga el atesoramiento y no se nos desordene más que nos vamos al garete.

Somos algo más que consumidores y atesoradores

La idea brillante es limitar los sueldos de los intermediarios, de los directores, y dentro de nada, supongo que de los beneficios empresariales. Como si eso fuese posible, que idealismo tan económico y tan poco cercano a la persona. Otra, trasvasar parados de un sector a otro, como si fueran agua. ¿Pero es que nunca pensamos sobre la satisfacción personal, sobre lo que sentimos como individuos independientes?

Así no cambiaremos nada, hay que empezar a pensar de manera individual, construir índices de medición de éxito no relacionados directamente con el poder y la riqueza, valorar más las motivaciones de la persona, desde el colegio, hay que buscar fórmulas que no impliquen la separación de la persona en dos partes, profesional y particular, el sistema de protección social debe garantizar bienestar no un consumo mínimo. En definitiva hay que abordar un plan de reforma social y cultural, no uno laboral o empresarial, que es más de lo mismo.

No se trata de limitar, ni sueldos, ni iniciativas ni de cercenar motivaciones, sino asegurarnos de que la avaricia revierte en beneficios a la propia sociedad. Por qué no pedir a nuestros empresarios y directivos que gestionen sus propios impuestos, el estado no te quita nada, sino te obliga a que crees riqueza para la propia sociedad. Por qué no cambiar los sistemas contables e introducir el valor de las personas, ¿a caso sólo somos un coste para las empresas? Se que son unas pobres ideas y que su desarrollo significaría un tremendo esfuerzo y multitud de dificultades, pero también creo que es la manera de intentar cambiar algo.

Mientras tanto, seguiremos hablando a los empresarios y a los directivos de la necesidad de alinear objetivos personales y profesionales, de marcar valores, de fomentar el compromiso, de motivar, de que todos somos iguales, de que existen otros modos de gestionar personas en marcos de flexibilidad, de igualdad de productividad y que todo ello revierte, precisamente en el cumplimiento de sus objetivos, más riqueza, más poder, más avaricia

Menos mal que existen excepciones a las reglas.