miércoles, enero 28, 2009

Aristófanes, la envidia y la crisis

Las crisis son una buena ocasión para conocer la calidad de las personas.
En épocas en las que las aguas bajan calmosas muchos pueden parecer buenos.
Cuando los tiempos se enturbian, todo el mundo está predispuesto a sacar lo mejor y lo peor de sí mismos. Por eso, cuando se quiere conocer a alguien de veras, es bueno hacerlo en un entorno negativo y complejo.
'La estepa infinita', autobiografía de Esther Hautzig es, a este respecto, una excelente recomendación que facilitará la reflexión.

En estos últimos meses he escuchado las críticas de diversos profesionales sobre colegas de su misma área de actividad. Lo correcto sería la emulación, nunca la envidia.
Cuando alguien descalifica el trabajo de otros competidores, a quien realmente se descalifica es a sí mismo, porque quedan más claras sus carencias, por mucho que luego proclame su interés por las personas.

El tema viene de antiguo.
La envidia ha sido siempre mala consejera y, entre sus perversas consecuencias se encuentra la de socavar el alma de cualquier persona e institución.

Recoge Aristófanes (444 a. C. al 385 a. C.), en Pluto, la respuesta que supuestamente le dio el dios de la riqueza a Crémilo, cuando éste le pregunta por su ceguera: me la hizo Zeus, respondió Pluto, por envidia a los hombres. Pues yo, cuando era muchacho, lancé la amenaza de que sólo iría con los hombres justos, sabios y honorables. Y él me dejó ciego para que no pudiera reconocer a ninguno de éstos. Hasta tal punto envidia a la gente honrada.

Cuando escucho a alguien que a título personal o profesional descalifica por mera envidia a su competencia, me produce pena.
Ojalá dedicaran esas energías a mejorar el propio producto y no a fomentar la endogamia y soberbia proactiva que a veces manifiestan.